En mi columna Consulta Migratoria® de esta semana reflexiono sobre el beneficio de haber emigrado a los Estados Unidos hace 35 años.

Esta es la columna:

Aún recuerdo el primer día que llegué a los Estados Unidos hace 35 años. El 5 de diciembre de 1981 dio inicio a mi nueva vida en un país que no conocía y que, de cierta manera, me atemorizaba. Tenía 11 años y todo era extraño para mi. No sabía inglés. No tenía amigos. Y mi mamá, que me había dejado en El Salvador cuando tenía cuatro años, era casi una desconocida para mi, porque no la veía hacía siete años. Pero esa llegada a los Estados Unidos significaba un reencuentro y una nueva vida junto a mi madre y mi hermana. Después de siete años, nuevamente éramos una familia.

Esta fecha siempre me hace reflexionar sobre mi vida y las oportunidades y sinsabores que he tenido como inmigrante en este país – al igual que mis más grandes logros. Gracias al haber venido a este país, soy ciudadano estadounidense, logré estudiar en la universidad y soy un abogado. Pero al igual que para muchos inmigrantes, el camino no fue fácil. Tuve que enfrentar y superar muchas dificultades.

Entiendo los deseos de una mejor vida y de superación económica que motivan a millones de personas de todo el mundo para venir a este país en busca del “sueño americano”, porque precisamente eso fue lo que buscó mi madre para sus hijos.

También conozco de primera mano el esfuerzo y dedicación de tantos inmigrantes para superar la adversidad, porque he vivido en carne propia la pobreza, la separación familiar, el sacrificio y la discriminación.

Mi madre vino a los Estados Unidos en 1974 con una visa de turista, pero se quedó indocumentada. Gracias al patrocinio de una familia para la cual trabajó como ama de llaves, consiguió la residencia permanente y pudo regresar a El Salvador a buscarme a mí y a mi hermana.

Pero la vida en este país no era fácil para una madre soltera con dos hijos. Tenía tres trabajos para sostenernos y vivíamos en una casa con otras personas porque ella no podía pagar toda la renta.

Como niño, me fue difícil adaptarme. Por no saber inglés, en la escuela me retrocedieron al sexto grado, aunque en El Salvador había terminado el octavo grado. Frustrado y por andar con malas compañías, abandoné la escuela cuando tenía 16 años. Soy, como dicen en inglés, un “high school dropout”.

He trabajado como mesero, jardinero, limpiando oficinas y en una gasolinera. Todos trabajos nobles y de los que no me avergüenzo, porque me dieron para comer y vivir. Pero eventualmente, me di cuenta que tenía que regresar a la escuela si quería superarme. Pasé un examen de equivalencia de bachillerato (GED) y entré a un colegio comunitario. Luego ingrese a la Universidad St. John’s donde obtuve una licenciatura en finanzas con honores y un doctorado en leyes.

Me especialicé como abogado de inmigración porque quiero ayudar a otros inmigrantes que también buscan una mejor vida en este país.

Hoy más que nunca, ante la incertidumbre de las políticas inmigratorias que se implementarán en la administración del nuevo presidente, tengo presente que el camino que escogí me trajo hasta aquí, donde puedo guiar a otros inmigrantes y hacer una diferencia en sus vidas.

Todos los días, pero especialmente hoy, le doy gracias a Dios por las bendiciones que le ha otorgado a mi familia, a mi madre por su visión, coraje y sacrificios para darnos una mejor vida, y a todas las personas que me ayudaron en el camino.

Además, le agradezco inmensamente a los Estados Unidos por haber acogido a mi familia y darnos la oportunidad de obtener un mejor futuro.

De todo corazón deseo que ustedes, mis lectores inmigrantes, también puedan alcanzar su versión del sueño americano.